Washington ya no disimula su ruptura con Sánchez: Ceuta revela hasta dónde llega el deterioro
La Casa Blanca ha convertido a Pedro Sánchez en un adversario político recurrente por migración, OTAN, Irán e Israel. Pero el Departamento de Estado mantiene el respaldo a la soberanía española sobre Ceuta y Melilla y la relación militar con España sigue siendo estructural. La complicación está al sur del Estrecho: mientras Washington preserva a España como aliado, profundiza al mismo tiempo su asociación estratégica con Marruecos.
HALLAZGOS PRINCIPALES
- El Ejecutivo estadounidense respalda oficialmente la soberanía española sobre Ceuta y Melilla
- Trump y su Administración mantienen un conflicto político sostenido con Sánchez.
- La cooperación militar España-EE. UU. continúa y Rota sigue siendo crítica para Washington
- Marruecos está profundizando simultáneamente su relación militar, política y comunicacional con EE. UU.
- Un informe no vinculante de la Cámara ha abierto espacio a la narrativa marroquí sobre el futuro de Ceuta y Melilla, pero no equivale a política ejecutiva.
QUÉ SABEMOS
- Washington mantiene dos relaciones estratégicas simultáneas: España como aliado OTAN y plataforma militar clave; Marruecos como socio de seguridad regional y plataforma africana. La confrontación más aguda está hoy entre Trump y Sánchez, no entre los Estados en sentido completo.
QUÉ NO SABEMOS
- No sabemos si la presión política estadounidense contra Sánchez se traducirá en una revisión estructural de la alianza con España. Tampoco existe evidencia de que la Administración Trump haya adoptado la recomendación congresual de negociar el futuro estatus de Ceuta y Melilla, ni de que Washington pretenda transferir su soberanía a Marruecos.
Por Neil Fernandez · 3 de septiembre de 2026
La investigación de la relación Washington-Madrid-Rabat obliga a abandonar el titular fácil. Estados Unidos no está eligiendo entre España y Marruecos: mantiene dos relaciones estratégicas distintas mientras Donald Trump concentra su choque político en Pedro Sánchez. Ceuta ha convertido esa arquitectura, hasta ahora dispersa, en una sola imagen.
La historia no es «Trump contra España»
La lectura más fácil de la crisis consiste en presentar a Donald Trump como un presidente estadounidense enfrentado a España. Es también la menos precisa. La secuencia documental de los últimos meses muestra algo distinto: una confrontación política cada vez más dura con Pedro Sánchez y su Gobierno, superpuesta a una relación estratégica con España que Washington sigue considerando útil, profunda y difícil de sustituir.
La diferencia importa. Trump ha utilizado la crisis de Ceuta para atacar la política migratoria española, ha cuestionado el gasto de defensa de Madrid, ha chocado con Sánchez por la guerra con Irán y ha llegado a anunciar medidas comerciales punitivas. Sin embargo, cuando la soberanía de Ceuta y Melilla entró directamente en discusión, el Departamento de Estado separó con claridad ambos planos: criticó con dureza a Moncloa y, simultáneamente, reafirmó el respaldo estadounidense a la soberanía española sobre las dos ciudades.
No es una contradicción accidental. Es la arquitectura real de la relación. Washington puede considerar a un Gobierno español un socio político problemático y seguir considerando a España un aliado estratégico imprescindible en el Mediterráneo, la OTAN, el acceso militar a Europa y la proyección hacia África y Oriente Próximo.
Qué ha dicho realmente Trump sobre Ceuta
Conviene empezar por una precisión temporal. A fecha de cierre no hemos localizado un nuevo pronunciamiento directo y verificable de Trump emitido hoy específicamente sobre Ceuta. Las declaraciones presidenciales más claras siguen siendo las realizadas el 31 de julio y el 14 de agosto.
El 31 de julio, Trump calificó la situación de Ceuta de “terrible”, describió las imágenes como una “invasión” y afirmó que España no sabía cómo responder. Utilizó después el episodio como advertencia doméstica: lo presentó como el futuro que, según él, aguardaría a Estados Unidos si los demócratas recuperaban el poder.
Dos semanas después volvió a emplear Ceuta como ejemplo para comparar la frontera española con la política migratoria de la Administración Biden. Ceuta se convirtió así en material de política interior estadounidense antes incluso de convertirse en un expediente bilateral desarrollado.
La crítica más institucional vino después. El Departamento de Estado responsabilizó al Gobierno español de no haber defendido adecuadamente su soberanía y sus fronteras y pidió recuperar el control. Es una acusación extraordinariamente dura contra Moncloa. Pero no era una impugnación de la soberanía española; era exactamente lo contrario: Washington argumentaba que España debía ejercerla con mayor eficacia.
La frase decisiva: soberanía española, crítica a Moncloa
El 6 de agosto, ante la polémica provocada por un informe del Congreso estadounidense, el portavoz del Departamento de Estado, Tommy Pigott, fijó la posición del Ejecutivo: Estados Unidos “apoya inequívocamente” la soberanía de España sobre Ceuta y Melilla.
Esa declaración es la pieza que impide interpretar la crisis como un alineamiento formal de la Administración Trump con la reclamación territorial marroquí. Washington puede mantener una asociación estratégica excepcional con Rabat, reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y criticar a Sánchez, pero su política ejecutiva declarada sobre Ceuta y Melilla continúa reconociendo la soberanía española.
El mensaje estadounidense fue además políticamente incómodo para Moncloa: la misma Administración que reconoce la españolidad de Ceuta acusa al Gobierno español de no protegerla suficientemente. Washington no está diciendo que España carezca de derechos sobre la ciudad. Está cuestionando cómo los ejerce el Ejecutivo de Sánchez.
Pero Washington no habla con una sola voz
Aquí aparece la primera gran complicación. El Ejecutivo estadounidense no es todo Washington. En abril, el Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes aprobó un informe que acompaña al proyecto presupuestario de seguridad nacional y Departamento de Estado para 2027. Ese texto se refiere a Ceuta y Melilla como ciudades “administradas por España” y afirma que están “ubicadas en territorio marroquí”, además de apoyar gestiones diplomáticas sobre su “futuro estatus”.
La frase tiene importancia política, pero debe medirse correctamente. No aparece en el articulado vinculante de la ley, no constituye por sí sola reconocimiento de soberanía y no sustituye la política exterior del Ejecutivo. El propio Departamento de Estado se distanció de cualquier lectura que presentara ese informe como un cambio de posición oficial.
Sin embargo, tampoco debe descartarse como una simple nota sin interés. La existencia del texto demuestra que la narrativa marroquí ha conseguido entrar en espacios relevantes del Congreso estadounidense. Que después el Ejecutivo tenga que reafirmar públicamente la soberanía española significa que existe una tensión real entre distintos circuitos de Washington.
La conclusión más rigurosa no es que “Estados Unidos quiere entregar Ceuta a Marruecos” ni que “Washington ha blindado definitivamente Ceuta”. Es más incómoda: la política ejecutiva estadounidense respalda a España, mientras sectores del poder legislativo han abierto espacio discursivo a Rabat.
Rabat ha ganado profundidad en Washington
Ese espacio no aparece en el vacío. Marruecos lleva años construyendo una relación estratégica con Estados Unidos y en 2026 la ha acelerado de forma visible. Washington considera a Rabat un socio central para seguridad regional, África, lucha contra el extremismo, interoperabilidad militar y acceso a un entorno de pruebas cada vez más relevante para su industria de defensa.
En julio, AFRICOM y las Fuerzas Armadas Reales firmaron el memorando para desarrollar el Africa Multidomain Training and Experimentation Center, AMTEC, con un área de entrenamiento multidominio, una academia de drones y un centro de innovación y experimentación. En agosto, fuerzas estadounidenses y marroquíes utilizaron ya capacidades vinculadas a AMTEC para una demostración de fuego real orientada a probar sistemas de ataque de precisión de largo alcance de un socio industrial estadounidense.
African Lion 26 había reunido pocos meses antes a más de cuarenta países y decenas de socios industriales estadounidenses, con Marruecos como uno de sus principales escenarios. AFRICOM describe al reino como socio clave de larga duración y plataforma de seguridad regional.
A esa integración militar se suma la representación política y comunicacional. Los registros FARA revisados por esta investigación muestran una arquitectura profesional de firmas contratadas por la Embajada, el Ministerio de Exteriores y el ecosistema estatal de OCP para comunicación estratégica, relaciones gubernamentales, Congreso, policy y diplomacia económica. Que Marruecos gane presencia en Washington no requiere ninguna teoría conspirativa: una parte relevante de esa actividad está declarada públicamente.
El Sáhara explica parte del nuevo equilibrio
La relación especial entre Trump y Rabat tiene un precedente imposible de ignorar: en diciembre de 2020, Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. La Administración Trump ha mantenido esa posición, y la comunicación oficial marroquí de 2026 sigue presentando el reconocimiento estadounidense como uno de los pilares de la asociación bilateral.
Eso no convierte Ceuta y Melilla en una extensión automática del expediente saharaui. Son disputas jurídicamente distintas y Washington mantiene posiciones distintas sobre cada una. Precisamente ahí reside uno de los elementos más relevantes del tablero: Estados Unidos ha demostrado que puede respaldar a Marruecos en el Sáhara sin aceptar públicamente su reclamación sobre las dos ciudades españolas.
Para España, esa distinción es estratégica. La influencia marroquí en Washington es real y creciente, pero no ha eliminado el interés estadounidense en preservar la relación con Madrid ni ha producido, hasta ahora, un cambio ejecutivo de soberanía sobre Ceuta y Melilla.
España sigue siendo una pieza militar que Washington utiliza todos los días
Si la relación entre Estados Unidos y España estuviera realmente rota, el mejor lugar para comprobarlo no sería una rueda de prensa, sino Rota. Y Rota cuenta una historia distinta.
La propia Marina estadounidense describe la base naval de Rota como una instalación indispensable para el reabastecimiento, mantenimiento y apoyo de fuerzas de Estados Unidos y la OTAN que operan en Europa, África y Oriente Próximo. Cinco destructores Arleigh Burke estadounidenses tienen allí su base avanzada y forman parte de la arquitectura de defensa antimisiles de la Alianza.
En marzo de 2026, Estados Unidos seguía invirtiendo en infraestructura en Rota. En junio, la Armada española y la U.S. Navy realizaron ejercicios bilaterales y el Ministerio de Defensa español presentó la base como infraestructura estratégica de primer orden, con presencia estadounidense permanente. La cooperación no es un recuerdo de otra época: continúa operativa mientras Trump y Sánchez se enfrentan políticamente.
El propio Sánchez reconoció en julio, después de otro choque con Trump, que la cooperación entre las Fuerzas Armadas españolas y estadounidenses era “óptima”. Esta frase, pronunciada por el presidente que está en conflicto político con la Casa Blanca, describe mejor que cualquier titular la separación entre relación gubernamental y relación estratégica.
Por qué Sánchez se ha convertido en el problema político de Washington
El choque tampoco comenzó en Ceuta. Reuters ya describía en febrero cómo Sánchez estaba obteniendo rédito interno de una política abiertamente confrontativa con Trump, al discrepar sobre gasto militar, regulación tecnológica, Venezuela y otros expedientes. La relación se tensó todavía más con la guerra contra Irán y el uso de las bases españolas.
En julio, Trump llegó a llamar a España un “terrible partner” y anunció la suspensión del comercio bilateral por el gasto de defensa y la negativa de Madrid a apoyar operaciones estadounidenses contra Irán. La aplicación jurídica de una medida comercial de esa magnitud presentaba obstáculos importantes, pero el mensaje político era inequívoco.
A ello se añade Israel. Sánchez ha convertido su enfrentamiento con el Gobierno israelí en uno de los ejes de su política exterior y posteriormente señaló a redes vinculadas a Israel por la amplificación de desinformación sobre Ceuta. Para una Administración Trump estrechamente alineada con Jerusalén, ese expediente aumenta la distancia política con Moncloa.
Desde la perspectiva de Sánchez, su Gobierno sostiene que estas decisiones responden a derecho internacional, autonomía estratégica, protección de la población civil y una concepción distinta de la seguridad europea. Madrid insiste además en que España continúa cumpliendo funciones sustantivas dentro de la OTAN. Esa explicación no elimina el conflicto; ayuda a entender por qué se ha vuelto estructuralmente político.
Ceuta convierte el choque ideológico en un problema de seguridad
La crisis del 30 y 31 de julio elevó la disputa a otro nivel porque dejó de tratarse únicamente de Gaza, Irán, comercio o presupuestos de defensa. Ceuta es territorio español, frontera exterior de la Unión Europea y parte de uno de los espacios marítimos más estratégicos del planeta.
Además, el debate interno español ha cambiado en las últimas horas. Sánchez compareció este 3 de septiembre ante el Congreso y sostuvo que todavía no existen pruebas sólidas de que Marruecos diseñara la entrada masiva. Reuters ha examinado un informe policial que describe una movilización planificada, un dispositivo marroquí insuficiente y episodios en los que uniformados parecían guiar movimientos, pero que no identifica una orden estatal ni permite cerrar la atribución.
El Gobierno español también ha endurecido parcialmente su lenguaje: convocó a la embajadora marroquí tras nuevas reivindicaciones de ministros de Rabat sobre Ceuta y Melilla y Sánchez ha prometido contundencia si aparecen pruebas sólidas de implicación estatal. Esta evolución es importante porque impide describir a Moncloa como completamente pasiva frente a Marruecos, aunque la oposición cuestione la velocidad y profundidad de su respuesta.
El triángulo que realmente existe
El mapa resultante no es binario. No hay un bloque Estados Unidos-Marruecos enfrentado a España, ni una relación Washington-Madrid intacta, ni una ruptura completa con Rabat. Hay tres vínculos simultáneos.
Estados Unidos mantiene con España una alianza militar estructural, acceso estratégico a Rota y Morón, cooperación naval y compromiso OTAN. Al mismo tiempo, mantiene con Marruecos una asociación de seguridad cada vez más profunda, una relación política histórica y un alineamiento claro sobre el Sáhara Occidental. Y, sobre esos dos vínculos estatales, Trump mantiene una confrontación política abierta con Pedro Sánchez.
Esa arquitectura explica por qué Washington puede atacar a Moncloa sin atacar la soberanía española y por qué puede reforzar a Marruecos sin concederle públicamente Ceuta y Melilla. También explica por qué España no debería confundir la crítica a Sánchez con hostilidad permanente estadounidense, ni minimizar el creciente peso marroquí dentro del ecosistema de Washington.
Lo que Washington quiere conservar
No podemos afirmar qué siente Trump ante el deterioro de la relación con Sánchez. Sí podemos observar qué conserva Estados Unidos incluso en medio del conflicto: sus destructores en Rota, sus acuerdos de defensa, su interoperabilidad con las Fuerzas Armadas españolas, su acceso al flanco sur europeo y su reconocimiento de la soberanía española sobre Ceuta y Melilla.
Son intereses demasiado concretos para describir la situación como una ruptura con España. La Administración estadounidense está ejerciendo presión política y económica sobre el Gobierno español, pero las estructuras militares continúan funcionando.
La diferencia entre ambas capas puede convertirse en una oportunidad futura. Los gobiernos cambian con mayor velocidad que las geografías, las bases navales, los corredores marítimos y las necesidades de seguridad. Washington y Madrid siguen necesitándose en ámbitos que sobreviven a Trump y a Sánchez.
Y lo que España no debería ignorar
El error opuesto sería asumir que esa interdependencia garantiza automáticamente la posición española. Marruecos está invirtiendo dinero, capital diplomático, defensa, industria y comunicación en profundizar su relación estadounidense. El lenguaje del informe de la Cámara demuestra que esa estrategia puede obtener resultados políticos incluso cuando no cambia la posición formal de la Casa Blanca.
España necesita por tanto dos políticas simultáneas. La primera es defender sin complejos su soberanía y sus intereses en Ceuta y Melilla. La segunda es reconstruir profundidad en Washington independientemente de quién gobierne en Moncloa, evitando que la relación con Estados Unidos quede reducida a una guerra cultural entre presidentes.
Una política exterior seria no obliga a escoger entre ser firme con Marruecos y conservar la alianza estadounidense. De hecho, cuanto mayor sea la presencia de Rabat en Washington, mayor es la necesidad de que España mantenga allí una relación política, militar y diplomática propia, permanente y de alto nivel.
La conclusión incómoda
Ceuta ha hecho visible una realidad que llevaba meses acumulándose. Trump tiene un problema político con Sánchez. Washington no ha dejado de considerar a España un aliado. Marruecos, mientras tanto, ha utilizado con eficacia su valor estratégico para ganar presencia, interlocución y capacidad narrativa en Estados Unidos.
El Departamento de Estado ha fijado una línea favorable a la soberanía española sobre Ceuta y Melilla. El Congreso ha producido al mismo tiempo lenguaje que Rabat puede explotar. AFRICOM profundiza su cooperación con Marruecos mientras la U.S. Navy mantiene una de sus infraestructuras más importantes del Mediterráneo en suelo español.
Éste es el verdadero titular del momento: no una ruptura entre Estados Unidos y España, sino una fractura política con Moncloa dentro de un equilibrio regional en transformación.
Para España, el objetivo estratégico no debería ser esperar a que Washington elija entre Madrid y Rabat. Debería ser conseguir que, incluso cuando Estados Unidos fortalezca su asociación con Marruecos, nunca tenga dudas sobre el valor de España ni sobre dónde termina la negociación política y comienza la soberanía.