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El Estrecho tiene precio: la economía clandestina que conecta Marruecos, Ceuta y la Península

De los cruces asistidos a nado por unos pocos cientos de euros a paquetes transnacionales de cinco cifras: dos décadas de sentencias y operaciones policiales muestran cómo el tráfico ilícito de personas se convirtió en una industria de servicios, logística y financiación a ambos lados del Estrecho.

La vigilancia marítima en el Estrecho.
La vigilancia marítima en el Estrecho convive con redes clandestinas que combinan tráfico de personas, droga, transporte y servicios financieros a ambos lados de la frontera.
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HALLAZGOS PRINCIPALES

  • Las redes han evolucionado desde cruces individuales y rudimentarios hasta cadenas transnacionales capaces de vender alojamiento, transporte, ocultación y continuidad hacia Europa.
  • Ceuta funciona en numerosas operaciones como nodo intermedio y logístico entre Marruecos y la Península, no únicamente como destino del cruce fronterizo.
  • La misma infraestructura criminal puede reutilizarse para transportar personas y drogas, generando economías de escala entre distintos mercados ilícitos.
  • Los mecanismos financieros —efectivo, hawala y proveedores profesionales de liquidez— son una parte esencial pero mucho menos visible del ecosistema.
  • Las investigaciones financieras siguen siendo un punto débil frente a la capacidad policial para identificar embarcaciones, pisos y operadores sobre el terreno.

QUÉ SABEMOS

  • Operaciones policiales y sentencias documentan tarifas, alojamientos, embarcaciones, captadores y estructuras organizativas a ambos lados del Estrecho.
  • Una operación de 2025 documentó paquetes de hasta 14.600 euros y beneficios superiores a 2,5 millones de euros.
  • En agosto de 2026 se documentaron nuevamente precios de 8.000 y 9.000 euros para trasladar desde Ceuta a la Península a personas llegadas durante la crisis de julio.
  • Existen casos acreditados de utilización de hawala y de estructuras especializadas de banca criminal en el espacio España–Marruecos.

QUÉ NO SABEMOS

  • La aparición de redes que monetizan una entrada masiva no demuestra que esas mismas redes organizaran previamente esa entrada.
  • No conocemos públicamente el mecanismo financiero empleado por la organización del denominado “pack completo” de 2025.
  • No está demostrado que esa organización utilizara hawala.
  • No existe evidencia pública de que la estructura KARASU financiara concretamente a la red de Ceuta analizada.

De los cruces asistidos a nado por unos pocos cientos de euros a paquetes transnacionales de cinco cifras: dos décadas de sentencias y operaciones policiales muestran cómo el tráfico ilícito de personas se convirtió en una industria de servicios, logística y financiación a ambos lados del Estrecho.

El 25 de junio de 2004, alrededor de las cuatro de la mañana, la Guardia Civil detectó con una cámara de visión nocturna a dos hombres en el mar entre la costa marroquí y Ceuta. Uno de ellos llevaba neopreno y aletas y remolcaba al otro. Cuando fueron rescatados, ambos presentaban signos de agotamiento e hipotermia. El migrante declaró después que había pagado 100 euros por aquel cruce asistido.

Dos décadas más tarde, una investigación de la Policía Nacional describió algo muy distinto. Una organización asentada entre Marruecos, Ceuta y Algeciras ofrecía un “pack completo” de hasta 14.600 euros por persona: alojamiento en Marruecos, entrada clandestina en Ceuta, pisos de seguridad, transporte marítimo hasta la Península y, en algunos casos, continuidad hacia otros países europeos. Solo con el tráfico de personas, los investigadores estimaron beneficios superiores a 2,5 millones de euros.

No existe una tarifa única del Estrecho y esas dos cifras no forman una serie comparable de precios. El servicio de 2004 y el paquete documentado en 2025 pertenecen a épocas, rutas y organizaciones diferentes. Pero colocados uno junto al otro revelan algo más importante: la frontera clandestina se ha profesionalizado. Lo que podía ser una operación individual y rudimentaria aparece hoy, en algunos casos, como una cadena de suministro criminal con reclutamiento, transporte, alojamiento, vigilancia, cobro, financiación y diversificación hacia otros delitos.

La imagen habitual del tráfico ilícito de migrantes —una embarcación y un patrón— explica cada vez menos. El negocio real empieza antes de la costa y termina mucho después de tocar tierra.

«La frontera clandestina del Estrecho no es solo una ruta. En algunos casos funciona como una industria de servicios.»

Veinte años vendiendo el cruce

Las sentencias más antiguas ya muestran que la monetización del paso no nació con las redes sociales ni con las grandes narcolanchas. En 2005, otro procedimiento recogió un cruce desde la costa marroquí hacia Ceuta en el que un hombre equipado con neopreno y aletas remolcaba a un migrante subsahariano con un dispositivo de flotación a cambio de una cantidad no determinada. En 2007, una resolución judicial describió ocho personas ocultas en un compartimento de apenas 30 centímetros junto a la cabina de una furgoneta interceptada en el Tarajal. También allí había ánimo de lucro.

El producto criminal cambió con el tiempo. En 2018, la Policía Nacional desarticuló en Ceuta una estructura que captaba ciudadanos argelinos y los trasladaba a la Península en narcolanchas. El precio oscilaba entre 1.800 y 2.000 euros por persona e incluía alojamiento temporal en viviendas hasta la salida. En 2019, otra investigación reconstruyó una red con células conectadas a ambos lados: desde Marruecos se captaba y reunía a los interesados; en Ceuta se les recibía, alojaba y preparaba el siguiente movimiento. Cada trayecto podía costar entre 2.000 y 2.500 euros.

En 2021, un clan del Campo de Gibraltar captaba sobre todo a menores marroquíes en Ceuta y localidades próximas de Marruecos y cobraba 2.500 euros por trasladarlos. En los registros aparecieron tres embarcaciones y 5.500 litros de combustible. Ese mismo periodo dejó otros casos en los que la tarifa subía hasta 6.000 euros por pasajero bajo la promesa de viajar en embarcaciones rápidas.

Un año después, la Policía documentó una organización con tres niveles operativos dedicada a transportar migrantes desde Ceuta a Cádiz. La red dirigía y coordinaba desde arriba; un segundo nivel captaba personas y conseguía material; un tercero realizaba apoyo, vigilancia y el traslado. La tarifa era de unos 3.000 euros en patera y 6.000 en moto acuática. Los investigadores atribuyeron a la organización 16 ciclos migratorios, alrededor de 160 personas trasladadas —60 de ellas menores— y más de 500.000 euros de beneficios por los cruces.

Ceuta deja de ser destino y se convierte en nodo

La evolución más importante no está únicamente en el precio. Está en la función de Ceuta dentro de la cadena. Para muchas redes, la ciudad no es el final del viaje sino una plataforma intermedia entre Marruecos y la Península.

Eso explica la aparición repetida de viviendas, garajes, sótanos y otros espacios de espera. Una operación de 2021 descubrió inmuebles donde más de quince personas podían permanecer hacinadas en una zona mientras, en otra, se almacenaban motores, embarcaciones, combustible y equipos de geolocalización. La organización cobraba además más de 80 euros semanales por el alojamiento. En otras investigaciones, las llamadas “casas patera” funcionaban como lugares de ocultación hasta que el tiempo, la disponibilidad de una embarcación o la vigilancia policial permitían intentar el siguiente tramo.

El alojamiento no es un elemento accesorio. Puede ser otro producto vendible, un mecanismo de control sobre la persona y un punto de espera que permite sincronizar distintos eslabones del negocio. Cuando el viaje se fragmenta en etapas, el traficante deja de vender únicamente transporte: vende acceso a una red.

El “pack completo”

La operación policial anunciada en junio de 2025 ofrece la fotografía pública más completa de esa evolución. La red alojaba inicialmente a migrantes en Castillejos —Fnideq—, en Marruecos. Desde allí organizaba la entrada inicial en Ceuta por mar o incluso a nado; algunos cruces, según Interior, utilizaban scooters subacuáticos. Una vez en la ciudad, las personas eran trasladadas clandestinamente a pisos de seguridad.

Allí aparecía el elemento financiero más duro de la operación. Los investigadores sostienen que los migrantes eran retenidos hasta completar el pago acordado, que podía alcanzar los 14.600 euros según el destino final. Cuando las condiciones lo permitían, comenzaba el segundo tránsito marítimo hacia Algeciras. La red podía organizar después alojamiento o continuidad hacia otros destinos europeos.

La estructura tenía tres niveles. En la cúspide, dos responsables coordinaban rutas, contactos transfronterizos y pagos. Debajo estaban quienes ejecutaban los cruces marítimos o asistidos a nado. En el tercer nivel se situaban la logística terrestre, el traslado a pisos, la vigilancia, la custodia de droga y el cobro de las travesías.

La palabra “pack” utilizada por la propia Policía es importante porque describe la lógica comercial del entramado. La persona no pagaba necesariamente por una embarcación. Pagaba por una sucesión de servicios clandestinos distribuidos entre varios territorios y operadores.

Cuando la misma ruta transporta personas y droga

La profesionalización también produce economías de escala criminales. En la operación de 2025, las embarcaciones realizaban “cargas mixtas”: migrantes y estupefacientes viajaban en el mismo circuito. La Policía intervino hachís y más de 10.000 comprimidos de clonazepam, además de efectivo, vehículos y embarcaciones.

No era un fenómeno nuevo. Casos anteriores en Ceuta y Cádiz ya habían documentado organizaciones que aprovechaban los trayectos migratorios para introducir hachís. Desde la perspectiva criminal, la embarcación, el combustible, el patrón, los lugares de almacenamiento y las tareas de vigilancia son activos costosos. Una red suficientemente flexible puede monetizar la misma infraestructura con distintas mercancías ilícitas.

Eso no significa que todas las organizaciones dedicadas al tráfico de migrantes sean también narcotraficantes. Significa que, cuando ambas economías se superponen, la frontera deja de dividir negocios criminales que en tierra tendemos a estudiar por separado.

«Una embarcación, un piso, un conductor o un sistema de cobro pueden ser activos reutilizables. La economía clandestina premia la infraestructura, no la etiqueta del delito.»

El dinero también necesita cruzar

El componente menos visible del negocio es financiero. El Grupo de Acción Financiera Internacional —GAFI/FATF— advierte de que los flujos vinculados al tráfico ilícito de migrantes se investigan con mucha menor frecuencia que el delito de base. En su informe de 2022 identificó la hawala, el efectivo, la inversión en negocios legales y el uso de blanqueadores profesionales entre los mecanismos recurrentes para transferir o integrar beneficios.

España aportó al GAFI un caso con dos subestructuras permanentemente conectadas, una en Marruecos y otra en España. La rama marroquí organizaba viajes, reclutaba y reservaba plazas por entre 1.000 y 1.500 euros; la española se ocupaba de la logística. El dinero se mantenía en efectivo y parte se reinvertía en vehículos y otros activos necesarios para las operaciones. El caso no corresponde necesariamente al corredor de Ceuta y no debe trasladarse automáticamente a las redes descritas aquí. Su valor está en demostrar que la división Marruecos–España también existe en el plano financiero y organizativo.

El propio GAFI describe además un modelo de pago garantizado en el que un hawaladar puede retener fondos y liberarlos cuando se confirma que el traslado ha terminado. Es una tipología internacional, no una prueba de que la red de Ceuta de 2025 usara ese mecanismo. De hecho, las fuentes públicas de aquella operación describen quién gestionaba y cobraba, pero no identifican públicamente el carril financiero utilizado.

Esa distinción es esencial. Decir que la hawala existe en el ecosistema criminal del Estrecho es demostrable. Decir que todas las redes migratorias de Ceuta la utilizan no lo es.

La banca que no parece un banco

En 2022, la operación Júpiter ofreció un puente directo entre Ceuta y la hawala, aunque en un caso de narcotráfico. La Guardia Civil interceptó en Algeciras 30.000 euros enviados a una organización a través de ese sistema para financiar un nuevo transporte de hachís. Posteriormente hubo registros también en Ceuta. El dato prueba que existen canales de financiación informal capaces de colocar efectivo operativo en el mismo espacio criminal del Estrecho.

Tres años después, la operación KARASU permitió observar la escala que puede alcanzar la banca criminal profesional. La Policía Nacional describió una estructura internacional que daba soporte económico a organizaciones dedicadas al tráfico de seres humanos y drogas. Una rama de origen árabe recibía y gestionaba solicitudes de dinero; otra, de origen chino, facilitaba efectivo en España y recibía compensación en criptomonedas. Los investigadores atribuyeron al sistema movimientos superiores a 21 millones de dólares y documentaron operaciones en Madrid, Valencia, Málaga, Almería y Cádiz.

KARASU no demuestra que la organización del “pack completo” de Ceuta fuese cliente de esa banca. Pero sí destruye una simplificación frecuente: los traficantes no necesitan construir su propio sistema financiero. Pueden contratarlo. En una economía criminal madura aparecen proveedores especializados de dinero, transporte, documentación, alojamiento o comunicaciones del mismo modo que en la economía legal aparecen empresas de servicios.

Una crisis crea un mercado en horas

La gran entrada de finales de julio de 2026 mostró con qué rapidez puede adaptarse ese mercado. El 21 de agosto, la Policía Nacional anunció la desarticulación de dos organizaciones que operaban entre Ceuta y La Línea de la Concepción. Una de ellas utilizaba intermediarios para captar a personas que habían accedido a Ceuta durante la entrada masiva a nado y les ofrecía el siguiente tramo hacia la Península por alrededor de 9.000 euros.

Los clientes permanecían en viviendas, garajes u otros lugares de espera; vehículos de apoyo los trasladaban evitando zonas vigiladas; una embarcación llegaba desde la Península y otros miembros de la red recibían y dispersaban a las personas al otro lado. En una segunda investigación, un testigo declaró que se cobraban 8.000 euros por persona. Siete ocupantes podían representar 56.000 euros en una sola travesía.

El dato importa porque permite separar dos preguntas que a menudo se confunden. Que una organización criminal monetice las consecuencias de una entrada masiva no significa que la haya organizado. El mercado puede aparecer después. La existencia de demanda, personas bloqueadas en Ceuta y una ruta ya conocida basta para que intermediarios criminales intenten vender la siguiente etapa.

El precio del riesgo lo paga otro

Hablar de precios puede hacer que el negocio parezca más racional de lo que es. Para las personas transportadas, la estructura económica descansa precisamente sobre una transferencia brutal del riesgo: el traficante cobra por un trayecto cuya inseguridad suele soportar el pasajero.

La sentencia de 2004 describe agotamiento e hipotermia en el mar. Las operaciones de 2021 relacionaron redes de tráfico con naufragios mortales. En agosto de 2026, siete personas pasaron unas cinco horas de noche en una embarcación de cinco metros, sin chalecos, con niebla intensa y después de quedarse sin combustible. Habían pagado miles de euros por un servicio que casi terminó en tragedia.

El incremento del precio no garantiza seguridad. Puede reflejar distancia, controles, exclusividad, destino final, intermediarios, coerción o simplemente la capacidad de una red para explotar una situación de desesperación.

El punto ciego: seguir el dinero

España ha desarrollado una capacidad policial notable para desarticular embarcaciones, captar comunicaciones, identificar pisos y detener operadores. Sin embargo, el GAFI lleva años señalando un problema más amplio: las investigaciones financieras asociadas al tráfico ilícito de migrantes siguen siendo menos frecuentes de lo que correspondería al tamaño del negocio.

Ese desequilibrio importa. Detener a un patrón elimina un ejecutor. Incautar una embarcación elimina un activo. Seguir el dinero puede revelar al captador, al financiador, al proveedor logístico, al blanqueador profesional y al beneficiario que nunca toca el timón. También permite comprobar qué parte de una supuesta red es realmente una organización y qué parte son proveedores externos que venden servicios a distintos grupos.

Los propios casos públicos dejan huecos. En la operación de 2025 sabemos que los dirigentes gestionaban pagos y que los migrantes podían permanecer retenidos hasta completar el precio. No sabemos, a partir de la información pública, si esos fondos viajaban en efectivo, mediante transferencias, a través de hawala o por terceros. En la operación Júpiter sabemos que 30.000 euros llegaron vía hawala, pero no conocemos públicamente la cadena completa de origen y compensación. En KARASU sabemos que existía una banca criminal profesional, pero no está publicada la lista de clientes.

La diferencia entre una investigación policial y una radiografía económica está precisamente en esos espacios vacíos.

El verdadero mapa del Estrecho

Durante décadas, el Estrecho se ha representado como una franja de agua entre dos continentes. Para entender su economía clandestina hay que dibujar otro mapa.

Ese mapa contiene puntos de captación en Marruecos, viviendas de espera en Ceuta, vehículos, embarcaciones, patrones, combustible, vigilancia, receptores en Cádiz, intermediarios financieros, cuentas, efectivo y redes capaces de continuar el viaje por Europa. No todos esos nodos pertenecen siempre a una misma organización. Esa es precisamente la sofisticación: un mercado criminal puede funcionar mediante cadenas de proveedores que se conectan para una operación y se separan después.

Desde los 100 euros declarados en un procedimiento de 2004 hasta los 14.600 euros del “pack completo” documentado en 2025 y los 8.000 o 9.000 exigidos tras la crisis de 2026, las cifras no describen una inflación lineal. Describen productos distintos construidos sobre una misma realidad: existe una demanda por atravesar una frontera y una economía clandestina dispuesta a vender cada fragmento del trayecto.

La lucha contra ese negocio no puede limitarse a vigilar la costa. Exige entender quién capta, quién aloja, quién transporta, quién cobra, quién mueve el dinero y dónde termina integrado el beneficio.

La frontera clandestina del Estrecho no está dibujada con líneas. Está dibujada con precios.